11
Ago
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“El centinela del arte”, Luis Miguel Ortego

El Ford Thunderbird descendió por la rampa de la cantera levantando una solemne nube de pegajoso polvo veraniego. Se detuvo al final, en un extremo de la ovalada superficie plana que servía de base a aquel inmenso vaso. Allí esperaba un hombre con silueta cansada con escrupuloso pelo negro peinado a raya que vestía un traje gris oscuro un tanto arrugado y polvoriento, pese al cepillo que de vez en cuando sacaba de su cartera para acicalarlo. El comisario Scott bajó del coche con un cigarro recién encendido y colocándose el sombrero después de haberlo sacudido levemente.

  • Buenos días Comisario Scott – saludó el hombre gris. – Espero que haya tenido una fructífera semana en Hartford. ¿Han averiguado algo en el caso del asesinato de la señorita Weathers?
  • Le pillamos, el asesino era un jardinero que trabajaba para la familia de la chica, un ex-banquero europeo que huyó de allí antes de la guerra, un resentido – Scott miró a su alrededor, y después de un largo giro tropezó al fin con la silueta del hombre gris. – Diría que es un gusto verle de nuevo, pero… ¡por todos los santos Chalmers, tiene usted un aspecto horrible! Debería usted dormir más, me marcho solamente una semana y ¿que encuentro a mi vuelta? una sombra de Chalmers. – Comenzaron a caminar. El hombre gris agarraba su cartera con fuerza delante de su pecho, mientras el comisario Scott seguía hablando con tono paternal – ¿Cuanto hace que no coge vacaciones? – Chalmers intentó responder, pero Scott continuó – En cuanto acabemos con este caso quiero que se coja usted unas vacaciones. Su esposa… ¿cómo se llamaba su esposa?
  • Martha – Respondió Chalmers
  • Martha, eso. Martha y usted tenían una casita en el campo en Iowa, ¿no es así, Chalmers?
  • Si señor Scott, así es, tenemos una caseta en Illinois, cerca de los lagos señor – Respondió el hombre gris en tono inseguro
  • Oh, Illinois, claro. Nunca pensé que hubiese nada hermoso en Illinois hasta que conocí a mi primera mujer. – Scott dió una ráfaga de caladas a su cigarro entre frase y frase – Después de conocerla estoy convencido de que si hay algo hermoso en Illinois tiene que ser venenoso. – Miró a Chalmers y se compadeció – No se lo tome a mal Wilbur, coja usted a su esposa, que por lo que recuerdo era muy bonita, váyase a su casa de Illinois y descanse, disfrute de ambas – Buscó una complicidad en Chalmers con una pícara mirada – Ya sabe a lo que me refiero… le vendrá bien a usted.
  • Claro señor, así lo haré – Asintió Wilbur Chalmers sumiso, y se armó de valor para interrumpir a Scott y comenzar a hablar de lo que les había reunido allí– Señor, la excavación ha terminado por ahora, hemos extraído el objeto completamente. – Cruzaron una barrera de Plymouths de la policía federal que custodiaba un área restringida junto a un cordón de hombres armados, y se acercaron hasta un agujero más profundo en el suelo. El comisario Scott se asomó al agujero…
  • ¡Por todos los diablos Chalmers! ¿Que diantres es esto? – Chalmers tragó saliva, y con un hilo de voz respondió
  • Aún no lo sabemos señor.
  • ¿¿¿¡Que no lo saben?!?! – Scott interrumpió alterado – Por el amor de dios Chalmers, han tenido ustedes un enorme dispositivo de seguridad, dos semanas, el mejor equipo de la brigada científica – Miró al agujero de nuevo – El congresista Henstridge me está apretando las tuercas, me llama casi a diario, porque tiene una hija paranóica que lee cosas de marcianos y platillos volantes, y una mujer más paranóica aún que cree que los rusos hacen túneles que cruzan el Atlántico sólo para cambiarle las plantas de sitio. Desde que aquel reportero novato del Daily News publicase esa foto, Henstridge cree que este asunto le perjudicará en las elecciones, y tiene movilizado al alcalde y al sheriff que no hacen más que meter las narices, y yo no sé por cuanto tiempo podré mantenerlos controlados Chalmers, ¿comprende lo que le digo? – Chalmers asintió – Así que por el amor de dios, Wilbur, dígame que han averiguado algo.
  • En realidad señor, sabemos cosas. – Comenzó el hombre gris tratando de entrar en el terreno donde se podía encontrar seguro – Sabemos que el objeto no emite señales de radio, que no tiene actividad eléctrica, y que aparentemente no tiene medios de locomoción autónomos. – Scott escuchaba escéptico. Se retiró el sombrero y se pasó la mano por su cabeza casi pelada – No sabemos cual es el material del que está hecho, aunque sí que parece un metal. En el entorno no han aparecido restos de otros objetos similares.
  • ¿Eso es todo? – Preguntó Scott impaciente. Chalmers dudó un instante y ante la mirada del comisario agachó la cabeza como para coger carrerilla y continuó
  • No señor. Hay algo más – Dijo solemnemente
  • Vamos hijo, dígame lo que han averiguado. – Scott se colocó el sombrero de nuevo con una sola mano y gesto cansado – llevo una semana en Hartford soportando a ese tozudo de McCallum y sus ambiciones, comportándose en el caso de la señorita Weathers como si investigásemos el asesinato del presidente, sólo por quedar bien con el padre de la pobre chica, que va entrar en política. Mi Thunderbird se ha estropeado en el viaje de vuelta, y tuve que pasar una noche en un horrible pueblo mientras el mecánico, que debía de tener cien años, me lo arreglaba. Y por si fuera poco, mi hermana y mi sobrina vienen a visitarme hoy mismo, desde Winnipeg, ¿sabe lo que eso significa, Chalmers?
  • Es un largo viaje señor. Entiendo que querrá descansar para poder recibir a su sobrina como es debido – Dijo Chalmers con un leve brillo en sus ojos al hablar de la sobrina de Scott
  • Así es Chalmers, es un largo viaje. – Scott miró a Chalmers desconcertado por su inflexible lealtad
  • ¿Está usted familiarizado con la expresión “fósil director”, Comisario Scott?
  • Oh por dios Chalmers, ¿a que viene tanto rodeo? claro que lo estoy, no hace falta ser un arqueólogo como usted para eso. Cuando era estudiante también yo estuve en aquellas dichosas acampadas en Colorado picando piedras, claro que sé lo que es un fósil director.
  • De acuerdo señor. En la excavación hemos encontrado algunos fósiles directores que al menos han podido darnos un dato cierto, que es la fecha en la que esta cosa fue enterrada aquí. – Scott miró a Chalmers impaciente
  • ¿Y cuando fue?
  • Hace 8500 años señor.
  • ¿¡Pero que majadería es esa Chalmers!? ¡Realmente necesita usted unas vacaciones! ¿Como es posible que este chisme con forma de caja este enterrado aquí desde antes de.. antes de…? – Scott dudó un instante – ¿antes de la llegada de los españoles?
  • Hemos contrastado la información con todas nuestras delegaciones, y con otros laboratorios del gobierno señor. No hay duda de la datación

Scott miró desconcertado al objeto. Una enorme caja de aspecto metálico. Nada hacía presagiar semejante hallazgo hacía apenas tres semanas. En la cantera extraían minerales con los que fabricar baterías de larga duración para los aviones, que viajaban a los hoteles de la Luna, un negocio próspero que el congresista Henstridge vendía como un logro propio y que daba trabajo a los muchos habitantes venidos desde toda la confederación. Una máquina perforadora había tropezado con un extraño objeto que había destrozado su herramienta taladradora. El conductor de la máquina huyó despavorido al verlo, mencionando una antigua leyenda local. Habían mandado al equipo especial de la brigada científica a descubrir qué era. Ahora estaba ante sus ojos. Su color rosa chillón destacaba poderosamente en el grisáceo paisaje de la cantera. Brillaba bajo el sol. Sus formas se mostraba armónicas. Scott lo admiró durante unos instantes.

  • Señor – Chalmers interrumpió la meditación de Scott – Hay algo más.
  • Vamos Chalmers, dispare
  • Hace dos días… – hizo una pausa – nadie sabe exactamente que pasó. Blacksmith, Exner y Tiggy estaban de guardia. Al parecer, decidieron por su cuenta que había que abrir la caja. Entraron en el objeto… – Chalmers se detuvo, retiro sus gruesas gafas de pasta negra y pasó una mano sobre sus ojos – … y no los hemos vuelto a ver. Los muchachos que estaban en el cordón de seguridad dicen que abandonaron la cantera sonrientes, estaban como trastornados, hablaban de colores, de formas, de líneas, de arte… – Scott escuchaba entre indignado e intrigado
  • ¿Sabemos dónde están?
  • No señor, no lo sabemos, pero dejaron una misteriosa nota – Chalmers abrió su cartera y extrajo una bolsa de plástico que contenía un papel. Se lo acercó a Scott, que lo cogió entre sus manos y lo observó con detenimiento.
  • ¿enLATAmus? ¿Que idioma es este Chalmers?
  • Lo desconocemos señor. – Scott levantó la cabeza hacia el objeto de nuevo. Brillaba. Miró al cielo un instante, y se secó el sudor de la frente con la otra mano. Miró de nuevo a Chalmers.
  • Está bien hijo, puede irse a casa con su esposa. – Scott se volvió hacia su coche – Yo me voy a ir a casa a prepararlo todo antes de que lleguen mi hermana y mi sobrina – Echó una última mirada al objeto – Pero antes creo que me pasaré por el museo. – Chalmers quedó congelado, mirando a Scott caminar hacia el Thunderbird. Volvió la vista hacia el objeto, y musitó – enLATAMus…
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