11
Ago
10

“Génesis”, por Carlos Melgares

Mi padre me dijo que nunca llegaría a nada.

Él, era un bote de tomate antiguo, con solera, que vivía en lo más alto de los estantes del centro comercial, observando omnipresente desde su pedestal. Yo, por el contrario era una latita de atún en aceite, pequeñita ínfima, situada en la balda más cercana al suelo.

Me sentía hacinado, con todos mis hermanos, uniformados y marciales, esperando ansiosos su momento de gloria, el momento en el que eran seleccionados para salir del hogar paterno y pasar a una vida mejor.

Pasaba el tiempo y mis parientes, orgullosos, iban abandonando el nido, a mí, por el contrario, se me acumulaba el polvo bajo los resquicios del abrefácil.

Se me había olvidado contaros algo importante, al nacer sufrí un pequeño accidente, en el momento del etiquetado, la máquina responsable de etiquetarnos se atrancó y mi vestidito salió mal impreso y un poco arrugado. En mi familia esas cosas estaban muy mal vistas, ya que nadie quiere acoger a una lata mal arreglada.

Perdida ya toda esperanza, los vaticinios de mi padre parecían abrumadoramente proféticos; estaba yo distraído, admirando las varices de una señora especialmente gruesa, cuando sentí un estremecimiento, alguien me estaba cogiendo y llevando hacia otro lugar. Inquieto comencé a fantasear sobre mi destino… Lamentablemente el periplo fue excesivamente corto, pues terminé en un depósito de basura, junto a la fruta y el pescado podrido.

Pasaron muchas horas, no sé, incluso días, acostumbrado como estaba a la luminosidad nuclear de mi hogar, en la oscuridad del cubo mi mente era incapaz de medir el tiempo. Pasé mucho tiempo, temiendo por mi vida, me lamenté y auto compadecí de mi vida, estática y estéril.

De repente, un estrépito me sacó de mis funestas cavilaciones. El contenedor volcado yacía a mi lado y unas manos mugrientas me cogieron con extrema delicadeza. Un hombre desaliñado me observaba con atención y después, sacando un pañuelo, me limpió con mesura y me depositó en un bolsillo de su pantalón.

Tras un corto viaje, volví a ver la luz, crepitante y naranja e inmediatamente, sin mediar palabra, el extraño transeúnte, me abrió y devoró mi contenido, no sin antes compartir los rescoldos de mi ser con su acompañante felino.

Todavía recuerdo las cosquillas.

Vacío, pero con la satisfacción de haber cumplido mi objetivo en la vida, entré en un agradable letargo y me dispuse a morir.

Soñé, soñé con grandes máquinas llevándome de un lugar a otro, manos fantasmales transportándome y manipulándome, soñé con el agua y con el fuego, soñé con la purificación y la sublimación del ser.

Soñé tanto que al final me desperté.

Empecé a tomar conciencia de mi mismo, me sentía extraño, diferente, mucho más grande, incluso más que mi padre.

Tarde un poco hasta darme cuenta, ¡era enorme!.

Un gigante metálico, surcando el mar, un contenedor de ilusiones, de sueños bucaneros.

Mil historias os podría contar y mil aventuras os podría relatar.

Ahora estoy en el puerto de Barcelona y tengo todo el mundo frente a mi horizonte.

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