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Ago
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“Oxido de sueños”, por Sergio Muro Sanjosé

Al nacer en los Astilleros de Liverpool ya sabía lo que quería ser, un contenedor de obras de arte. Nací al mismo tiempo que el malogrado y afamado Titanic. Mi música favorita es el tan-tan de los golpes del hierro y acero con martillos, como en la fragua de Vulcano.

Fui coetáneo de las obligadas migraciones de multitud de irlandeses e ingleses por las hambrunas. Pero esa visión de la Estatua de La Libertad al llegar a Nueva York, como si estuviéramos en la película de El Padrino, nos hacía olvidar nuestro fatum. Sólo ver las sonrisas de los niños y la admiración de sus progenitores ante tan colosal y simbólico monumento, me daba unas fuerzas vitales inefables. Fui testigo de la abolición de la esclavitud, que incluso yo que había sido un porteador más, me sentí liberado ante esa injusticia perpetuada durante siglos.

No llegué directamente a convertirme lo que soy ahora. Fue un largo, dilatado y arduo camino, con algún sobresalto, con muchas peripecias y periplos.

Eso sí, he sido un afortunado, ya que he recorrido todo el mundo, teniendo amigos y aventuras en cada puerto, siendo la ruta de la seda era una de mis favoritas, aunque principalmente me movía de Singapur hasta Barcelona.

He transportado todo tipo de mercancías siempre llegando a mi destino. Las salidas y despedidas eran siempre estremecedoras, a la par que esperanzadoras y llenas de inquietudes. Siempre he tenido una gran curiosidad por lo desconocido, esos misterios no me daban miedo, al contrario, la atracción era muy poderosa.

Cuando más disfrutaba era cuando portaba piezas artísticas. Me dejaba rozar por ellas, sentir la pasión que cada artista había plasmado en momentos creativos únicos y lúcidos. Me imaginaba todo el proceso, desde la propia inspiración, su desarrollo hasta verlas expuestas en algún Centro de Arte contemporáneo o en la calle. Quería saber que sentía el autor y, sobre todo, todas esas personas que vislumbraban ese acto onírico hecho volumen. Quería convertirme en esa materia utilizada por manos acostumbradas a la génesis, al nacimiento de nuevas formas.

Yo mismo, siempre me he considerado una obra de arte. La vida es arte, al igual que el arte es vida. Tuve la necesidad intrínseca de expresarme, desde antes de tener conciencia de ello. Dejaba que me hiciesen graffities que decorasen mi piel oxidada por las inclemencias del tiempo y el paso de los años. Firmas, murales, colores, compromiso… eran tatuajes que aunque fuesen efímeros, perduraban en mi por toda la eternidad.

Los marineros me trataban con tal delicadeza y sutileza que satisfacía mi ego artístico.

A veces, ellos mismos traían a mujeres dentro de mí y podía ver como un voyeur la lujuria y lascivia de dos cuerpos enredados en pleno acto sexual. Me gustaba servir de espacio para que el hombre y la mujer se sintiesen un poco más libres y realizados.

Tengo que decir que soy fuerte y robusto, implacable, pero dentro de esa apariencia existe un ser muy sensible.

Me llevaban en volandas con las grúas ubicadas en los puertos. Después, ya encima de los camiones, descubría los paisajes del interior de los países. Bellas laderas verdes repletas de Naturaleza, animales que corrían, revoloteaban, oteaban… todo era arte a mi alrededor, y yo quería que fuese así.

Pero el paroxismo llegó cuando descubrí una localidad cercana a Zaragoza, Remolinos, donde decidí establecerme. Un lugar fuera de las grandes ciudades, pero a la vez no muy lejos de su calor y luz artificial. Un lugar apacible, con personas cercanas y con inquietudes. Un lugar bañado por un río caudaloso que hace a las tierras fértiles ahí por donde pasa.

Quise dedicarme al arte y la cultura, poder exponer y enseñar todo mi bagaje y experiencias a sus habitantes y personas de otros lugares. Generé un proyecto llamado enLATAmus, donde todos y todas somos los partícipes, donde fluye el arte por el aire.

Quiero ser un lugar de encuentro a nuevas ideas, generar proyectos conjuntos con diferentes colectivos y artistas, que enriquezca la mirada de los visitantes, quiero ser un contenedor abierto, como todas esas ciudades que me ha dado una percepción más amplia del significado de la existencia, de la vida, del arte.

Acércate a mí, quiero ser tu hogar, un paraje donde todos los sueños se conviertan en realidad, sobrevolando nuestra imaginación, haciendo ilimitado nuestro pensamiento.

Quiero transportarte a todos los mundos, habidos y por haber, sin movernos de Remolinos.

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