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Feb
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La Ruta 66 pasa por Remolinos

Polvo en el Neon Dominique Leyva  2

La Ruta 66 es el Camino de Santiago de nuestro tiempo. Chicago no contiene reliquias como Tours, y llegar a Los Angeles es acercarse a los pecados más que limpiarlos, pero el equivalente a la peregrinación iniciática y viaje interior que supuso el viaje hasta Compostela en el pasado es, en nuestro tiempo, la Ruta 66.

La Ruta 66, en estos meses, pasa por Remolinos.

La “carretera madre” es en Estados Unidos un camino natural que conecta Chicago con Los Angeles, uniendo la fría región de los lagos con la cálida costa pacífica. Un camino que durante siglos siguieron los pueblos indígenas, que recorrieron los colonos del “Far West”, los pioneros del ferrocarril y que en el siglo XX se ha convertido en un símbolo de la cultura estadounidense a base de referencias culturales y de magnetismo. Entre el industrializado noroeste y sus fábricas de coches y la fértil California y su riqueza de oportunidades se extendían llanuras grandes como países en las que el viaje es un estado mental.

En Albuquerque, donde nació Dominique Leyva, se cruzan el Rio Grande y la Ruta 66: un gran camino natural y una alfombra de asfalto desplegada por los humanos. Una mezcla de naturaleza y arquitectura, de lo antiguo y lo moderno que es, por sí sólo, un símbolo de los contrastes que ofrecen los viajes por ese Estados Unidos interior. Las fotos de Dominique son la primera mitad de una novela, un armazón visual alrededor del cual el escritor Carlos Castán tenía que hacer crecer su relato. Las dos mitades forman “Polvo en el neón”, editada por Tropo. Lo que ahora se expone en las paredes de enLATAmus son esas imágenes como recuerdos de un viaje imaginario que puede pertenecer a cualquiera. Señales de carretera, anuncios de neón, gasolineras, hoteles o aparcamientos, espacios en los que no se vive, en los que siempre se está de paso. Una imaginería que también nos resulta familiar aunque lo más cercano del “midwest” que hayamos estado sea Galicia. Pero, ¿por qué resulta tan familiar? ¿qué es la Ruta 66?

La Ruta 66 es al menos dos rutas. Por un lado el espacio físico concreto que aún hoy atrae hasta Estados Unidos a viajeros de todo el mundo. Por otro lado es un concepto universal, la forma moderna que tiene el viaje iniciático como metáfora de la vida. Los agricultores del medio oeste, perseguidos por la sequía y la pobreza, recorrieron sus carreteras en busca de la supervivencia. Su mísera epopeya, relatada en “Las uvas de la ira” y capturada en las fotos de Dorothea Lange, se ha convertido en un icono permanente de la pobreza y el desarraigo. Nat King Cole la convirtió en canción en los años 30, Kerouac y los escritores de la “Generación Beat” hicieron de ella un escenario en el que jugar a vivir otras vidas, fotógrafos como Robert Frank captaron el raro encanto de esos lugares de paso y pintores como Bob Indiana o Richard Estes llevaron esta iconografía hasta las paredes de los museos.

Por eso a mediados del siglo XX las canciones y las novelas se llenaron de arcenes, moteles y olor a gasolina prometiendo la escapada hacia una vida mejor, o la escapada de una vida peor. Por eso las motos de “Easy Rider”, el Kowalski empastillado de “Punto Limite Cero” imaginado por Cabrera Infante y el agobiado comercial de Spielberg en “El diablo sobre ruedas” forman parte de nuestra memoria aunque no hayamos estado allí. Y también los asesinos de James Ellroy, Janis Joplin, el Equipo A, Wim Wenders, “Thelma & Louise” o Walt White. Eso es la Ruta 66.

Pero, como el Camino de Santiago, la Ruta 66 también empieza a la puerta de nuestra casa, y el encuentro de las fotos de Dominique con las paredes de la lata nos desvela el secreto. En Estados Unidos uno puede viajar en coche durante días sin cambiar de país ni de idioma mientras que en Europa en apenas un día puede cruzar varios pequeños estados ¿dónde está el parecido?. La conexión se llama automóvil, el factor que en el siglo XX transformó nuestro mundo y rediseñó el espacio cambiando nuestra forma de percibir. El automóvil y las carreteras han dado lugar a nuevas tipologías como las gasolineras, los grandes aparcamientos, áreas de servicio y lavaderos automáticos, por poner algunos ejemplos. Y también a una nueva geometría del viaje: ahora la mirada está enmarcada por una ventanilla, y los elementos de ese país longitudinal que es la carretera se descuelgan de las fachada de los establecimientos y se alinean para ser vistos al mirar al frente desde el coche. Un nuevo lenguaje en el que, como dice Robert Venturi sobre Las Vegas, los carteles llenos de luces (neones), llenos de colores y con llamativas formas luchan por captar nuestra atención desde una larga distancia, cuando todavía vamos lanzados a muchos kilómetros por hora. La memoria de un viaje en coche no sólo está en los valles y las llanuras, sino en los puentes, túneles, estaciones de servicio o peajes y estos no sólo están en Estados Unidos. Los vemos a diario en nuestros desplazamientos, cuando viajamos en vacaciones, en las carreteras de la comarca camino de Cinco Villas o de Zaragoza. Gasolineras, ventas, áreas de descanso, aparcamientos de camiones… el lenguaje de los lugares (y “no lugares”) creados por y para el automóvil es hoy en día universal. No sólo es parte de la cultura popular del siglo XX de la que participamos a través de la literatura, el cine, el arte o la música. También es parte, por imitación, asimilación o reinterpretación, de nuestro propio espacio y nuestro propio imaginario del viaje.

Hasta el 5 de abril la Ruta 66 pasa por el Micromuseo enLATAmus en las fotografías de Dominique Leyva. Y nos inspiran viajes, películas, libros, huídas, desencantos, encuentros, aventuras, fracasos… Desde Albuquerque o desde Remolinos, el viaje está a la puerta de tu casa.

Polvo en el Neon Dominique Leyva 1

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